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"La herida va bien pero el ojo lo pierde" Una entrevista a Manolo Ovalle

03/04/2018

 

 

 

Fulgencio Fernández | 01/04/2018 A A

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"La herida va bien pero el ojo lo pierde"

Fútbol / Segunda División Contracrónica / El paso de las jornadas viendo cómo se complica la situación va haciendo mella en la grada, que disfrutó... con Manolo Ovalle

Hasta yo, que tenía que tener el corazón partío porque «de los grandes» soy del Zaragoza y «de los nuestros» soy de la Cultu, este sábado sólo era de la Cultural porque estamos entrando en la fase esa en la que dicen en los pueblos: «La herida va bien pero el ojo lo pierde».

Y es que todos los días nos alaban los entrenadores rivales por cómo «tratamos el balón», por «el fútbol vistoso que proponemos»... y a cambio se llevan los puntos para su casa. La verdad, no es mal trato, pero los tratantes saben que la burra no vale a razón de las alabanzas que de ella hace el paisano que la quiere vender.

Ya no sabía qué hacer para convencer al vecino sabio de que había signos en el cielo que auguraban otra tarde de gloria en el histórico estadio de la Puentecilla o como se llame ahora. Venía el Zaragoza, que ha sido testigo de alguna de las gestas más recordadas de la Cultu (qué decir de aquel 0-3 que pasó a ser 3-3); el Cielo quiso colaborar y nos mandó nieve para que recordáramos aquella tarde del 3 de enero del 72 cuando en la vieja Puentecilla Marianín (dos veces) y Maño hicieron posible la gesta; los apóstoles de Genarín le acababan de invocar para un nuevo milagro como el que le colocó en el camino de los altares; y hasta Rubén de la Barrera llevó su estilo pincel a una cabina de los medios de comunicación y eligió la de La Nueva Crónica, bien conoce que ahí se sabe de fútbol...

Y, la guinda, se le hacía un homenaje a un grande: Manolo Ovalle, el capi de los veteranos. Y el que ponía los balones desde la banda para que Marianín y Maño remataran la remontada que siempre cae en las oposiciones a buen culturalista... Lo merece. Si hay un corazón que lleva tatuado a sangre el escudo es el suyo. Lo recuerdo el día del ascenso, no vio el gol. No se aguantaba y estaba paseando por las entretelas del estadio. Manolo, el que bajaba corriendo a entrenar desde San Cayetano. Ovalle, el que estuvo a punto de firmar por el Valencia pero se retiró en León. El que aglutina en su cabeza tantas viejas historias, el que le recuerda a Marianín quién metió los goles porque El Jabalí a veces parece que él no estaba. «¿Ah, qué metí yo el gol?», pregunta, y todos se ríen. Siempre se ríen.

Tal vez ése fuera el secreto. Ayer en aquel grupo veías cómo se reían cuando Manolo se colocaba con sus nietos a los lados. Alguna maldad mascullaba Larrauri desde la equina. Paco Villafañe enciscaba desde más cerca, Félix era el serio, el capi Gerardo pensaba en lo de vaya tropa... Y se ríen. Siempre se ríen.

Y salió Manolo a hacer el saque de honor ¿Sabéis a quién se dio? A la Cultu. Bueno hombre. Sin embargo, sólo Antonio Martínez se acercó a saludar al gran Manolo, culturalista, berciano de nacimiento, casado en la montaña, bueno por naturaleza ¿No sabían los Iza, Yerai, Emi o Rodri, por decir algunos, quién estaba allí? ¿A quién le piden autógrafos?

Cierto que Ballesteros se fundió en un abrazo con él. Tal vez Ballesteros sabe lo que es la Cultural. Quizás Luis sabe lo difícil que es estar ahí. Tal vez muchos dudaban que ayer el corazón de Manolo volvió a estar al límite por más que los veteranos le arroparan. Y se reían con él. Como se reían cuando quedaban «todos juntos» para jugar la partida en el Valladolid.

¿Después? Ya os lo cuenta Coca. El trato del balón, nuestro. Los conceptos, claros. El expulsado primero, nuestro. ¿El gol? De un paisano enorme, destartalado, que parecía que no iba a llegar a ninguna parte... le pegó, no se sabe si bien o mal, pero la perrita cazó. Gol. Es lo que en la jerga antigua se llama delantero centro.

Me voy. Ovalle ni me ve. Tiene la cabeza agachada. El corazón encogido. Y en la radio entrevistan a un jugador: «No es el peor momento, jugamos bien...». Bla.

¿Qué dice? En lleunes que «la herida va bien, pero el ojo lo pierde». 

 

 

 

 

 

 

 

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